A raíz del «descubrimiento del Amazonas»

Imágenes tomadas en el curso del río Ucayali durante la investigación del proyecto #EstudioFlotante

«Hace treinta, cuarenta mil años, quién sabe, apenas el planeta se desperezaba de sus últimos sueños bajo el hielo, llegaron los primeros pobladores por el Estrecho de Behring a la inmensidad despejada de América. Venían en son de búsqueda, averiguando posibilidades, inquiriendo el medio, acicateado s por una insaciable curiosidad, urgidos por la necesidad de vivir. Iban aprendiendo de lugar en lugar.

Unos se anclaban para siempre, otros escudriñaban nuevas rutas más allá del horizonte. Tundras congeladas, eternos glaciares, bosques de coníferas labrados a golpe de milenios, inconmensurables alturas, ondulantes y desvanecidos desiertos, eran los espacios donde aquellas rústicas caravanas asentaban sus reales en la inmensidad de cada tiempo.

¿Qué fue lo que les empujó a relacionarse con distintos paisajes, a adaptarse a climas tan extremos, a tener que ir aprendiendo en los horrores de la dura experiencia? Sin duda alguna, el prurito de prosperar, de mejorar sus condiciones de vida fueron el resorte en esta marcha que dejó ocupados los espacios del Continente de un multicolor mosaico de pueblos y razas, cuya identidad es el fruto del diálogo con la diversidad geográfica. Con sofisticado instrumental de piedra (todo lo nuevo fue maravilloso en su momento) fueron los hombres aprendiendo a dominar su medio, a experimentar, a establecer leyes por acumulación de casos. Al fin de cuentas investigar es atravesar la barrera de lo trivial y cotidiano, lanzarse a lo ignorado, saborear lo inédito. Es vivir. Quien no se inquieta y asombra y se aventura ante lo nuevo, reniega a lo más elemental de la condición humana: la curiosidad.

La supervivencia animó a aquellas hordas informes a ir descifrando los enigmas del cosmos, a identificar sus secretos, a ordenar los espacios, ya organizar novedosas formas de vida, inventando herramientas para enfrentar el reto del medio. Er an incansables imaginativos, que disfrutaban de tiempo en tiempo el gozo íntimo y liberador de sentirse pequeñas divinidades creadoras. Avanzar, crecer, abrirse a lo imposible, pensar más allá de la mera existencia individual, transcenderse a la historia, hizo de las investigaciones algo por encima de toda temporalidad.

Aquella experiencia fundante desde núcleos socialmente tan insignificantes y sapiencialmente tan primitivos, era el arranque de la larga marcha de la humanidad. Si el hombre no hubiera tenido fe en el futuro y no hubiera investigado, hace mucho que hubiera dejado de serio, disuelto en la nada y náufrago en el pequeño charco de sus breves días. La humildad cobra aquí toda su fuerza. Un buen averiguador de cosas ocultas en el corazón del mundo lo hace por conocer lo que ignora.

Y a medida que más sabe, comprende que sabe menos. Tan infinito es el horizonte que se abre en cada descubrimiento, que una pregunta respondida crea multitud de interrogantes más. Esta es la razón de la ilimitada modestia de los sabios. Aquello que se llamó «descubrimiento del Amazonas» fue para los hijos rudos de Castilla el resultado de una investigación territorial, pretendiendo bastimentos para la agotada hueste de Pizarro.

Pero supuso un choque brutal al resistirse al asombro y no querer seguir conociendo más allá de lo aparente. Todo lo sometían a juicio desde sus calcinados paradigmas mediterráneos. Despreciaron a los exploradores que habían llegado mucho antes, desconocieron su patrimonio sapiencial acumulado, y, adelantados de Occidente, creyeron que de ellos par a atrás sólo había el caos, la prehistoria, y ahora comenzaba «l a historia» real y verdadera.

La Selva Amazónica comenzó a agonizar cuando se sintió de esta suerte herida, maltratada, esclavizada. Se cerró en sí misma, ocultó celosamente sus intimidades a los usurpadores y se fue dejando morir. El coloniaje, presente hasta hoy en nuestras conciencias, no ha entendido nada de lo que aquí sucede y vive. Desde aquella triste fecha la cultura dominante todo lo ha dado por supuesto. Ni se pregunta, ni le interesa saber quién es, qué misterios oculta, qué siente, cómo sufre. Nuestra arrogancia nos ciega y obnubila, no nos deja admiramos ante la fascinante belleza de lo por venir. Sólo anhelamos oro, andamos tras el señuelo del dinero, atormentados como Tántalo en pos de un dorado quimérico que nunca llegará.

He aquí el gran fracaso de la conquista y la colonia: pensar que el único proyecto viable era el europeo, y cerrar los ojos a la riqueza del mundo descubierto. Sin embargo, los lentos y pacíficos pobladores de las riberas de los ríos, desde su llegada, atravesando ríos, bosques y llanuras, habían tenido paciencia para escudriñar los enigmas del bosque, percibir las exigencias de la tierra, saber cuándo nace y cuándo agoniza el sol en el día y aparece la luna en la noche y qué influjo mágico ejerce sobre el comportamiento de la naturaleza y de las personas, adivinar la fecundación de los sedimentos en la época de ejarbes y cosechar de la fertilidad del estiaje en los barriales. Fueron sensibles a las vibraciones de la Selva, supieron distinguir el ruido de las hojas, el canto de los pájaros, el silbido de las serpientes y el canto de las cigarras y los grillos.

Con inmensa lentitud fueron reconociendo los momentos en que la tierra, como la mujer, es fértil, la relación entre la luna verde y el corte de las plantas, y nos legaron un religioso respeto a las altas lupunas porque tenían alma también como la gente. Presintieron la lluvia en el sabor del viento, olfatearon antes de desencadenarse la tormenta. Nadie tan majestuoso señor de su mundo como el nativo amazónico. Quienes por aquí transitaron siglos más tarde con sofisticados instrumentales a bordo de sus lanchas, investigaron de nuevo , pero siempre desde la perspectiva occidental.

Flora, fauna, mamíferos, peces, aves e insectos habían sido ya clasificados por los sabios indígenas conforme a sus utilidades de modo tan riguroso y preciso como las taxonomías linneanas. Hemos de reconocer, además que la llegada de la modernidad científica de estos viajeros humanistas coincide con el empobrecimiento y debilitamiento de la energía de las nacionalidades autóctonas y el comienzo de su aparente extinción…»

Texto escrito por P. Joaquín García extraído del libro: Amazonía: en busca de su palabra APORTES AL DESARROLLO AMAZÓNICO COMO HOMENAJE A LOS DIEZ AÑOS DEL IIAP (1982-1991) Y AL PRIMER CENTENARIO DE LA MUERTE DE ANTONIO RAIMONDI (1891-1991) IIAP IQUITOS – PERU 1994

Nuevo descubrimiento del Gran Rio de las Amazonas por el P. Christoval de Acuña 1891

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Publicado por: SeilaFdzA

Seila Fernández Arconada is a multidisciplinary artist and researcher. Her process-based practice focuses on exploring artistic methods, its boundaries and new social approaches.

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